(Menéndez Pelayo, Estudios y Discursos de crítica histórica y literaria, Madrid, 1942, IV, pp. 31-43)

 

Con profundo respeto pronunciamos el nombre de este varón egregio, gloria de nuestra literatura del siglo XVIII, crítico eminente, entre cuantos produjo aquella edad, hombre de vasto saber y de clarísimo entendimiento, escritor, en fin, cuyo mérito sólo puede compararse en lo grande con el olvido en que hoy le tienen sus compatriotas.

Un estudio completo y detenido, no una reseña biográfica, reducida a los estrechos límites de un artículo de periódico merecería el sabio jesuíta valenciano; mas ya que no podamos consagrársele, aprovechamos gustosos esta ocasión para señalar la falta, esperando que alguno de nuestros eruditos se anime a repararla.

En el Suplemento de Diosdado Caballero a la Biblioteca de la Compañía de Jesús en el Catálogo de las obras de los jesuítas deportados a Italia, que formó Prat de Saba en la Biblioteca Valenciana de Fuster, y en la de Escritores del reinado de Carlos IIl, obra de Sempere y Guarinos, se encuentran no pocas noticias bibliográficas, que pudieran aprovecharse para el mencionado trabajo. Nosotros haremos brevísimas indicaciones sobre la vida y escritos del abate Andrés, según el plan que nos hemos propuesto seguir en estos apuntes.

El Padre Juan Andrés nació en la villa de Planes, reino de Valencia, el 15 de febrero de 1740. Educóse con los jesuítas, y mostró desde la infancia felicísimas disposiciones. Terminado el estudio de las lenguas latina y griega, comenzó el de la filosofía en la Universidad de Valencia, pero arrastrado por vocación imperiosa, no tardó en abandonar el siglo. Tomando en Tarragona (24 de diciembre de 1754) el hábito de la Compañía de Jesús. Estudio la filosofía en el colegio de Gerona, y teología en el de San Pablo de Valencia; en los ratos de ocio dedicóse con intenso ardor al conocimiento de la lengua hebrea, así como al de la italiana y francesa, que llegó a poseer con perfección notable. En 1765 era catedrático de retórica y poética en la Universidad de Gandía. Tal se deduce de un certamen oratorio-poético que por entonces celebraron sus discípulos como muestra de sus adelantamientos en las lenguas latina y castellana.

Para solemnizar la fiesta compuso el padre Andrés, e hizo representar por sus alumnos, una tragedia titulada Juliano hoy desconocida, y perteneciente, sin duda, a ese teatro jesuítico, que ha sido poco o nada estudiado, pero que no dejó de producir algunas obras de mérito notable. En tal situación, vino a sorprender a nuestro autor lo mismo que a sus compañeros la pragmática de 2 de abril de 1767 . Fuera de propósito parece recordar las innumerables molestias que en la travesía de España a Italia padecieron. Largamente las refieren varios miembros de la Compañía, y el mismo Andrés escribió sobre cada asunto un tratado latino que desgraciadamente no ha visto la luz pública.

Baste decir que los jesuítas de la provincia de Aragón, entre los cuales se hallaba el P. Andrés, fueron trasladados a la pequeña ciudad de San Bonifacio, en la isla de Córcega. Hallábase aquella plaza en poder de los genoveses; cercábanla los corsos, anhelando arrojar de la isla a los odiados dominadores; llegaron a escasear los víveres de la ciudad, y era tal la falta de recursos, que según refiere Prat de Saba, ni aun se encontraba tinta para escribir. Con admirable tranquilidad de ánimo se entretenían los jesuítas en conferencias sobre diversos puntos históricos, filosóficos y literarios, llegando a constituir una especie de Academia, cuyas reuniones presidía el agudo y discreto P. Tomás Serrano.

Al cabo de catorce meses lograron salir de aquella isla y establecerse en las legaciones pontifícias, especialmente en Bolonia y en Ferrara. En la última de estas ciudades se dedicó el P. Andrés a la enseñanza de la filosofía, y el 1773 publicó en forma de proposiciones, para que en acto público las defendiesen sus discípulos, un Bosquejo de toda la filosofía  opúsculo que no ha llegado a nuestras manos. El marqués Bianchi, noble mantuano, confió a nuestro jesuíta la educación de su hijo. A Mantua trasladó desde entonces el Abate Andrés su residencia. Pronto se le ofreció ocasión de mostrar sus conocimientos científicos en el certamen abierto por la Academia de aquella ciudad. Tratábase de la resolución de un problema hidráulico. Obtuvo el premio el P. Fontana, jesuíta italiano, y adjudicóse a Andrés el accésit. Con actividad incansable se consagró desde entonces al cultivo de las letras; numerosas y muy notables fueron las obras que publicó en este periodo. Por aquel tiempo corría con aplausos merecidos la Historia literaria de Italia, obra del jesuíta Tiraboschi, escrita a la verdad con erudición copiosa y elegante estilo, pero con poca seguridad y acierto en sus juicios. No menos celebrada era la Historia del renacimiento de las letras italianas, artificioso panegírico tejido por el Abate Batinelli. Al investigar estos escritores las causas de la corrupción de las letras latinas después del siglo de Augusto, y de las italianas en el décimoséptimo, tuvieron el mal acuerdo de señalar entre ellas la influencia del gusto español, corrompido y corruptor en diferentes períodos de nuestra historia literaria.

Al entrar en semejante camino, para ellos desconocido, tropezaron y cayeron más de una vez los dos jesuítas italianos, exponiéndose a justa reprensión por haber tratado materia que les era del todo peregrina. En el artículo de Lampillas, en el de Serrano, y en algún otro, entraremos en más pormenores sobre las reñidas contiendas a que dieron lugar semejantes afirmaciones. Ahora baste decir que el Abate Andrés se apresuró a recoger el guante y presentarse como campeón en la liza, publicando su Carta al Comendador Gonzaga sobre una supuesta causa de la corrupción del gusto italiano en el siglo XVII, escrita en lengua toscana con tanta pureza y facilidad, que los italianos mismos le dieron la palma sobre Tiraboschi, afirmando a la par que ningún extranjero había manejado su lengua como el Abate Andrés.

Su apología, menos extensa y detenida que la de Lampillas, la supera en robustez y nervio, y se eleva a consideraciones de crítica más alta y filosófica. No queriendo el Abate Andrés mostrarse ingrato a la Italia, que con tanto aplauso había recibido sus primeras producciones, dió a la estampa no mucho después; un Ensayo de la filosofía de Galileo, para quien reclama la gloria de restaurador de las ciencias, declarándole superior a Bacon y a Descartes. Fruto de sus estudios sobre el físico florentino, de quien era admirador entusiasta, fué también su Carta al marqués de Casal Bentivoglio sobre una demostración de Galileo, publicada tres años después del Ensayo mencionado. Y no adquirió menor fama como numismático, interpretando el reverso de una medalla del museo Bianchini, no entendida por el marqués Maffei.

* * *

Pero todos estos trabajos en sí mismos tan dignos de loa, aparecen de escasa consideración al lado del colosal proyecto que por entonces concibió su mente. Dolíase Andrés de que, habiéndose publicado tantas historias particulares de cada uno de los ramos de la literatura, faltase aún una completa y metódica de su origen y de sus progresos. Pero es forzoso recordar el sentido que a la palabra literatura daban el Abate Andrés y sus contemporáneos. Descaminados por el valor etimológico y pagando tributo al espíritu enciclopédico de la época, no acertaban a determinar la profunda diferencia que media entre las obras científicas y las puramente literarias. Estando en mantillas la ciencia estética (no es esto decir que desde entonces haya hecho grandes progresos), no concebían claramente la idea del arte como expresión de la belleza, y la confundían con la de la ciencia cuyo objeto es la investigación de la verdad. Por tal manera ensanchaban considerablemente los límites de la literatura, que comprendía, no ya sólo las bellas artes, sino las ciencias filosóficas, las exactas, las físicas y naturales con todos sus ramos y aplicaciones. Por eso no admira encontrar en la obra del Abate Andrés volúmenes enteros consagrados a narrar los progresos de las matemáticas, de la física, de la medicina, de la historia natural y de otras mil cosas a cual más lejanas de la acepción que hoy damos a la palabra literatura. Aun reducidas a sus propios límites, parecería gigantesca la empresa del Abate Andrés; ¡cuánto más debe parecérnoslo considerada en las múltiples relaciones que abarca su proyecto!

Por lo demás, el estado literario de su época debió llamar poderosamente la atención del Abate Andrés. En Francia al cartesianismo del siglo XVII y a la literatura neoclásica de la época de Luis XIV, habían sucedido una filosofía sensualista, rastrera y mezquina como ninguna en el mundo, y una literatura ora acompasada y fría, ora cómplice de la depravación común, indicio seguro y precedente infalible de próximos trastornos y catástrofes tremendas. De aquella sociedad profundamente corrompida brotaban los escépticos, despreciadores sistemáticos de toda opinión y de toda creencia, los que apellidaban filosofía a la burla ligera y frívola del patriarca de Ferney; y brotaban a la par los reformadores sociales, los visionarios, los utopistas, que encontraron en Rousseau su más acabado representante .

Afirmaban bajo su palabra los primeros, que era malo todo lo existente sin imaginar por su parte cosa mejor con que sustituirlo; fantaseaban los segundos, sistemas de moral, teorías de educación, pactos sociales, uniendo en monstruoso conjunto antiguos errores con recientes delirios. Sólo estaban conformes en demoler hasta los cimientos el alcázar de las antiguas instituciones. Numerosas falanges, acaudilladas por Diderot y D’Alembert proseguían con tenacidad su obra desde las columnas de la Enciclopedia.

Cuando nuestro jesuíta comenzó su libro, se acercaba el desenlace de aquella lucha; antes de terminarle pudo ver los efectos que tales doctrinas habían producido en el ánimo de los pueblos.

En Italia y en España, centro del saber en otras edades, vió el Abate Andrés dos literaturas harto modificadas por la influencia de la francesa, pero no sin vida propia y sin conatos de independencia. Estudió la lengua inglesa y aplicóse al conocimiento de su historia literaria bastante cultivada en el Continente, desde que por el intermedio de Voltaire, apareció Shakespeare, no poco disfrazado entre los franceses.

No le juzgó acertadamente el jesuíta español, ni era posible que lo hiciese dada la crítica de aquella era; pero mostróse sobremanera entendido en todo lo que se refería a la literatura inglesa del tiempo de la reina Ana, como más ajustada a los modelos entonces tenidos exclusivamente por clásicos. Supo la lengua alemana, y dió sobre aquella literatura noticias no muy sabidas en el Mediodía de Europa; pero debió llamarle poco la atención aquel pueblo un tanto abstraído del movimiento de la época.

Grandioso fué el espectáculo que en ciencias contempló el Abate Andrés. La astronomía, prodigiosamente acaudalada por los trabajos de Kepler y de Newton, había fijado las leyes que rigen el movimiento de los cuerpos celestes. La física había adelantado considerablemente en la parte de siglo transcurrido, y, no mucho después de comenzar Andrés su tarea, Franklin arrancaba el rayo de las manos de Jove, para valernos de la hiperbólica expresión de sus contemporáneos. La química, libre desde el siglo anterior de los delirios alquímicos, se organizaba en manos de Lavoisier y de Fourcroy, recibiendo nuevas leyes y nomenclatura nueva. Todos los ramos de las ciencias naturales aumentaban cada día su caudal con hechos por primera vez observados; la botánica sobre todo había recibido prodigioso incremento desde los tiempos de Linneo. Nada diremos de los progresos, cada vez mayores, de la fisiología y de la medicina.

Lo que no progresaba, lo que decaía visiblemente, lo que iba de mal en peor, eran los estudios filosóficos, poco o nada cultivados y casi impotentes para contener la creciente invasión del materialismo desarrollado a la sombra de los grandes adelantos de las ciencias naturales.

Todo esto vió el Abate Andrés, y no pesando bien las ventajas y los inconvenientes, dejóse fascinar por el brillante cuadro que ofrecían las ciencias de la materia, y hubo de ver en su siglo el mejor de los siglos posibles. Aspiró a compendiar en un libro la civilización de su tiempo, y quiso a la par hacer la historia de su origen y de sus progresos.

Veamos cómo cumplió su generoso intento.

* * *

Titúlase la obra magna del Abate Andrés, Origen, progresos y estado actuaI de toda la literatura, o más bien, de todo género de literaturas, y salió de las prensas de Bodoni, desde 1782 hasta 1795. Consta esta edición de siete volúmenes en 4.º, y está hecha con todo el esmero y nitidez propios de aquel célebre impresor parmesano digno rival de los Aldos, Estéfanos, Plantinos y Elzevirios.

En años sucesivos la reprodujeron diferentes editores de Venecia, Prato, Pisa y Nápoles. En 1808 comenzóse en Roma una reimpresión con adiciones, que llegó a su término en 1816. Consta de ocho tomos, dividido uno de ellos en dos volúmenes. Escrita originalmente en lengua toscana, no tardó en ser traducida al castellano; tarea que llevó a cabo don Carlos Andrés, hermano del autor. En diez tomos se divide la versión española, que fué publicándose a medida que aparecían en Parma los volúmenes del original italiano. En 1796 vió la pública luz una traducción alemana, y en 1805 otra francesa, si bien ésta no pasó del primer tomo. Tantas ediciones en el transcurso de tan pocos años bien claro manifiestan la aceptación con que fué recibida la obra del Abate Andrés. Oportuno parece dar noticia, siquiera breve, de su plan y de las materias en ella tratadas.

El primer tomo de la edición de Parma, que tenemos a la vista, es un cuadro del estado general de la literatura en sus diversas épocas. En el prefacio, después de rechazar como inútiles a su propósito las clasificaciones de la ciencia hechas por Bacon y por D’Alembert, divide por su parte los conocimientos humanos en Ciencias y Bellas letras, subdividiendo las primeras en naturales y eclesiásticas. Reconoce los inconvenientes de esta clasificación, pero la acepta como útil para el estudio. Anuncia ya el plan de su obra, y previene algunos reparos que sobre él pudieran hacerse. Terminados estos preliminares, comienza su trabajo exponiendo el estado de la literatura antes de los griegos. Con tal motivo entra en curiosas disquisiciones, entre las cuales es notable la relativa a la Atlántida de Platón, que por entonces había puesto en moda Bailly. Ocúpase brevemente en el estudio de las literaturas china, India, caldea, persa, hebrea, arábiga y fenicia, en todo lo cual, como es de suponer adolece su trabajo de notables omisiones, consecuencia del estado de los estudios orientates en su tiempo. El buen juicio del Abate Andrés llévale a refutar con sólidos argumentos las magistrales decisiones de los filosofistas franceses, que tan prodigiosa antigüedad y tal grado de cultura concedían a los pueblos de Oriente, cuya historia les era por otra parte punto menos que desconocida. Con breves consideraciones sobre la literatura egipcia termina este capítulo, hoy el menos interesante de la obra.

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Muy notables son los que dedica a la literatura griega, en especial el segundo, encaminado a investigar las causas del progreso de los helenos en todo género de cultura. Señalólas el Abate Andrés con tal acierto, que poco hay que enmendar o que añadir en este punto. Claramente comprendió el genio estético de Grecia, y el enlace que tenía la literatura de aquel pueblo con sus instituciones religiosas, sociales y políticas. En el capítulo cuarto refiere los progresos de la literatura griega en la poesía, en la elocuencia, en la historia y en la filosofía, tratando después, según su sistema, de las matemáticas, de la medicina, de la jurisprudencia y de los estudios teogónicos.

A la literatura griega sigue la romana, cuya historia traza en breve compendio, con igual lucidez y copia de datos. Notable es el paralelo de ambas literaturas clásicas, en el cual están señalados con acierto sus semejanzas y diferencias. Peca, sin embargo, por excesiva inclinación a los latinos, tendencia que se percibe más en los volúmenes sucesivos.

No es para olvidado el capítulo de la literatura eclesiástica, con especialidad en lo relativo a los cinco primeros siglos de la Iglesia. No se muestra tan atinado en cuanto a la Edad Media, que pinta como época de barbarie y de tinieblas, a pesar de conocerla mejor que otros contemporáneos suyos.

Sobremanera docto para su siglo aparece en el capítulo consagrado a la literatura de los árabes, sobre cuya materia había leído casi todos los trabajos hasta entonces publicados. Esfuérzase con erudición copiosa en mostrar la influencia de la literatura arábiga en el renacimiento y progresos de la europea. Punto es este en que tal vez exagera, dando por ciertas, influencias soñadas por entusiastas orientalistas; pero dignos son de tenerse en cuenta sus datos y sus juicios, y muy curiosas las investigaciones que hace en el capítulo siguiente sobre la antigüedad del papel, el origen de las cifras numerales, la invención de la pólvora y el descubrimiento de la brújula. Doctamente están expuestos en capítulos sucesivos los orígenes de las modernas literaturas. Trata después del Renacirniento; hace una reseña de la literatura de los siglos XVI, XVII y XVIII, y termina con algunas consideraciones sobre los futuros progresos de la ciencia.

Grandioso es, como se ve, el vestíbulo del edificio; notable es por varias razones este volumen, que sirve de introducción al resto de la obra. Numerosos son en él los aciertos, y si presenta partes débiles, si ofrece en su conjunto algunos errores, si no pocas de sus conclusiones han sido destruídas por la ciencia, es, a pesar de todo, el cuadro más brillante de los progresos de la literatura que nos ha legado el siglo XVIII.

* * *

A las bellas letras están dedicados los tomos segundo y tercero de la obra del Abate Andrés. Si no nos retrajera el temor de extender demasiado estos artículos, ocasión se nos presentaba de notar los méritos de la crítica del siglo pasado, señalando a la par sus errores y defectos. Pecaba aquel sistema, más que de falso, de incompleto; señalaba con acierto las imperfecciones, pero no pocas bellezas eran para aquellos críticos el libro de los siete sellos.

Privilegiado el Abate Andrés, dentro de su escuela misma, se eleva en ocasiones sobre la crítica pseudo-clásica, pero no consigue librarse de su influencia. Por eso, prefiere a la grandeza espontánea de Homero la pureza y la corrección dé Virgilio, sobreponiendo en todas ocasiones la elegancia a la fuerza, y el estudiado artificio a la inspiración natural. Por eso no comprendió al Dante, ni a Shakespeare, ni a Lope de Vega, ni a Calderón; por eso le pareció la Jerusalén del Tasso el prototipo de la poesía épica, y la tragedia francesa el summum de la perfección dramática. Léese, no obstante, con tanta utilidad como deleite esta parte del trabajo de Andrés, siendo dignos de especial mención los capítulos que dedica a la poesía didáctica, a la lírica, a los géneros menores y a la novela. En los demás son notables los juicios de obras clásicas y los de libros de su tiempo, distinguiéndose entre todos por lo agudo, discreto y atinado, el que hace de la Henriada de Voltaire.

Mayores aciertos se encuentran todavía en la parte relativa a la elocuencia, a la historia y a los estudios de erudición que él divide en gramática, exegética y crítica. En la Historia comprende como ciencias auxiliares la geografía, la cronología y la anticuaria.

No nos detendremos en los volúmenes siguientes, que con abundancia de datos, narran los progresos de las ciencias naturales. Baste decir que el tomo cuarto comprende la historia de las ciencias matemáticas y de sus aplicaciones, tratándose en capítulos sucesivos de la Aritmética, del Algebra, de la Geometría, de la Mecánica, de la Hidrostática, de la Náutica, de la Acústica, de la Óptica, de la Astronomía.

A las matemáticas siguen las ciencias físicas, y a éstas la historia natural, terminando esta sección con la Medicina.

Pasando a otro orden de conocimientos, para él más familiares, expone la historia de la filosofía, que divide en racional y moral. Habla después de la jurisprudencia, y cierra su obra con un extenso tratado sobre las ciencias eclesiásticas, parte, sin duda, de las mejor trabajadas de su libro.

Tal es, en resumen, la Historia del origen, progresos y estado actual de toda la literatura, obra digna en todos tiempos de admiración y de estudio y prodigiosa si la consideramos en relación con la época que la vió nacer.

* * *

Fáltanos espacio para hablar detenidamente de las demás obras del Abate Andrés. Citaremos, siquiera sea de pasada, sus Cartas sobre la música de los Arabes, su excelente Disertación sobre el episodio de los amores de Eneas y Dido, introducido por Virgilio en la Eneida, y su Carta acerca del origen y vicisitudes del arte de enseñar a los sordo-mudos. Amena lectura y útil enseñanza ofrecen las Cartas familiares a su hermano D. Cartos, dándole noticia de sus viajes literarios por Italia. Y no son para olvidados el Catálogo de los Códices de la casa Capiluppi de Mantua, la Carta sobre la literatura de Viena y las cinco epístolas a su hermano, en que se hallan curiosas noticias de autores y libros de su tiempo. Muéstrase investigador diligente en la Carta al Abate Morelli sobre algunos códices de las bibliotecas de Novara y Vercelli. Eminente servicio prestó a nuestras letras, publicando una colección de cartas inéditas, latinas e italianas, del sabio Arzobispo de Tarragona, Antonio Agustín.

Trabajos tan numerosos e importantes granjearon al Abate Andrés no pequeña estimación y aplauso. Honráronle a porfía los príncipes de su tiempo, El Emperador de Alemania José II, le visitó a su paso por Bolonia. Su sucesor Francisco I le nombró rector de la Universidad de Pavía. Restablecida en Nápoles la Compañía de Jesús por breve de Su Santidad de 30 de julio de 1804, Andrés volvió a vestir la sotana jesuítica en víspera de Navidad del mismo año. En enero de 1805, el Rey de Nápoles le nombró vocal de la Junta Suprema de Censura y director del real Seminario de Nobles. Invadido el reino de Nápoles por los franceses, José Bonaparte le puso al frente de la real biblioteca. El 19 de marzo de 1807 restableció la Academia Herculanense de Inscripciones y Bellas Artes, creada por su antecesor, siendo Andrés el primero de los académicos nombrados. Iguales muestras de aprecio obtuvo de Joaquín Murat, sucesor de José en el reino de Nápoles. Además de confirmarle en el cargo de bíbliotecario le nombró en 13 de febrero de 1809, secretario perpetuo de la Academia Herculanense. Conservó sus cargos aun después del restablecimiento de la dinastía de Borbón en el trono de Nápoles. Por entonces publicó sus últimas obras literarias. Falto de la vista en sus postreros años, no abandonó por esto sus tareas, sino que acudió al auxilio de un amanuense, a quien había enseñado el griego, el hebreo y varias lenguas vivas.

Al cabo se retiró a Roma, dedicándose exclusivamente a la instrucción de los novicios. Murió en 12 de enero de 1817. En la Academia Herculanense pronunció su elogio fúnebre el canónigo Scotti. El Provincial de la Compañía de Jesús en Italia, anunciando su muerte en la circular que expidió a los colegios, en 15 de enero de 1817 le presenta como varón justo, sabio y religioso, digno de ser puesto por modelo en el escribir y en el obrar. En la biblioteca de la casa profesa de Roma, se colocó su retrato entre los de los más ilustres jesuítas.

Fruto de sus últimas vigilias fué una colección de opúsculos inéditos griegos y latinos, extractados de los códices de la biblioteca real de Nápoles, publicada un año antes de su muerte. Sin fecha ni lugar de impresión vieron la luz pública dos memorias eruditísimas. Trata la primera de los Comentarios de Eustacio a Homero y de sus traductores, entre los cuales figuran dos sabios españoles, Vicente Mariner y el Deán Manuel Martí. La segunda es una Ilustración a una Carta Geográfica del año 1455, en la cual se hacen curiosas observaciones sobre las noticias que en aquel tiempo se tenían de un nuevo continente. Inéditas quedaron no pocas disertaciones del Abate Andrés, compuestas durante su residencia en Nápoles.

Ignoramos el paradero de estos manuscritos. Nos limitaremos a transcribir sus títulos, según los citan Fuster y Diosdado Caballero:

Disertaciones sobre las inscripciones encontradas en el templo de Isis en Pompeya.—Idem sobre el culto de la Diosa Isis.—Disertación histórica sobre el descubrimiento de Pompeya y Herculano.— Memoria sobre una inscripción latina publicada en la disertación Isagógica a la explicación de los papiros Herculanenses.—Ilustración de una inscripción que está sobre el busto de Cayo Norvano.— Noticias históricas pertenecientes a Melisseni, sacadas de un códice de la real biblioteca de Nápoles.—Noticias del Monaterio de San Juan de Cassole en las cercanías de Otranto.—Disertación sobre la insalubridad de los aires de Bayas, y sus causas.—Indagaciones acerca del uso de la lengua griega en el reino de Nápoles.—Noticias de dos poemitas griegos de Juan de Otranto y Jorge de Gallipoli, escritores del siglo XIII, existentes en la Biblioteca Laurenciana de Florencia.—Memoria sobre las ventajas que pueden sacarse de los títulos de los códices.—Utilidad del estudio de los códices.—Tratado de la figura de la Tierra.—Discursos sobre la autoridad pontificia.—Vida del Duque de Parma.

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