El día 23 de abril del presente año, situado entre largos días de confinamiento y luto, se celebra el día Internacional del Libro, que también lo es de las Bibliotecas que lo albergan, y de sus editores, distribuidores y libreros.

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Grabado en Voyage Pittoresque ou description des royaumes de Naples et de Sicilie de Saint-Non.

Es de próxima publicación una edición crítica del texto de Juan Andrés titulado La Biblioteca Real de Nápoles. Los expolios y la fuerza de la memoria (ed. de P. Aullón de Haro, F.J. Bran y D. Mombelli, Madrid, Instituto Juan Andrés).

El texto andresiano no se limita sólo a ser una historia erudita de la Biblioteca Real de Nápoles, institución que Andrés dirigió durante más de diez años, sino que sobre todo es un alegato en favor de la difusión de la lectura y una defensa de la necesidad de conservar el patrimonio bibliográfico de nuestra civilización.

 

MANN
Palacio de los Estudios, antigua sede de la Biblioteca Real de Nápoles, actual sede del Museo Arqueológico Nacional.

Presentamos aquí dos extractos, (I) uno del estudio preliminar y otro (II) de la La Biblioteca Real de Nápoles:

I. La cuestión del libro y bibliotecológica atañe a parte relevante de los autores universalistas, como más adelante quedará constancia de ello, pero por otra parte también atañe muy notable y llamativamente a una ardua, extensa e interesante esfera de fenómenos que no sólo tiene que ver con la técnica bibliográfica, las colecciones librarias y las suntuosas bibliotecas, sino con los expolios, las intrigas y en general el mundo delictivo que con mayor o menor intensidad se ha desplegado tradicionalmente en torno al libro, sobre todo el libro valioso y por ello objeto de codicia y latrocinio. He ahí el pleno contexto, y su potente epicentro napolitano, que reclama nuestra atención a fin de dar vida, como parte de la historia y fuerza de la memoria que la sustenta, a la obra y la última etapa de la biografía de Juan Andrés, uno de los más insignes bibliotecarios y bibliógrafos de la Europa moderna. […]

La Biblioteca Reale di Napoli es un texto, por así decir, encriptado que encierra fundamentalmente la historia de la formación y expolios de la gran biblioteca histórica de ese nombre, la más importante de la mitad sur de Italia, en la actualidad denominada Biblioteca Nazionale di Napoli y establecida en el ‘ala este’ del Palazzo Reale desde la tercera década del siglo XX, bajo el reinado de Vittorio Emanuele III. El Palazzo Reale, edificado a comienzos del siglo XVII por el Virrey de España, Conde de Lemos, designado por Felipe II, es creación del arquitecto Domenico Fontana. La Biblioteca procede del edificio hoy destinado a Museo Arqueológico Nacional, donde estuvo regida por Andrés, reiteradamente designado por los diferentes gobiernos españoles, y también franceses durante el periodo de dominio napoleónico, es decir desde Fernando IV de Nápoles (hijo de Carlos III) y pasando por José Bonaparte y Enrique Murat. Esta circunstancia es ya razón evidente de lo que significaba la figura de Andrés a fin de mantener los fondos y el prestigio de una afamada institución de complicada historia, primero emblema de la monarquía hispánica, después de la educación republicana francesa y, finalmente, de la ilustración borbónica española. Acaso convenga emblemáticamente recordar ahora que a la labor de Andrés se debe la llegada a la Biblioteca Reale del principal manuscrito de Santo Tomás de Aquino, así como la posterior y afortunada residencia de la obra de su discípulo intelectual Giacomo Leopardi. Pero la historia institucional, que encontró su mayor dique de contención en la prefectura de Andrés y su escuela, señala a una abigarrada y brillante Nápoles aun hoy tristemente habitada por la pervivencia delictiva cuyo paradigma extremo nos sirvió de correlato al comienzo de nuestro Estudio: el último gran expolio, el de la importantísima Biblioteca dei Girolamini.

Estudio a La Biblioteca Real de Nápoles


II. “Nos causa profunda alegría que por fin se nos haya concedido a comienzos de este siglo lo que ya durante muchas centurias respondía a un ferviente deseo, con los anhelos comunes de toda la ciudad de Nápoles e incluso de la autoridad napolitana entera, a saber: que la Biblioteca Real, abastecida de buenos libros, quedara a disposición de los estudiosos y que las fuentes de la sabiduría se abrieran a todos. No cabe duda de que esta ciudad había visto cómo, muchos siglos atrás, sus reyes, dedicados al estudio de las ciencias y cultivados en las artes liberales, conseguían libros por doquier, aprestaban la biblioteca y proveían de material literario al ingenio y la habilidad de los hombres sabios”.

Juan Andrés, La Biblioteca Real de Nápoles

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